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Selección de poemas a la madre
CUÉNTAME MADRE (Gabriela Mistral) Madre, cuéntame todo lo que sabes por tus viejos dolores. cuéntame cómo nace y cómo vive su cuerpecillo, entrabado todavía con mis vísceras. Dime si buscará sólo mi pecho o se lo debo ofrecer. Dame tu ciencia de amor ahora, madre. Enséñame las nuevas caricias, más delicadas que las del esposo. ¿Cómo limpiaré su cabecita en los días sucesivos? ¿Y cómo lo liaré para no dañarlo? Enséñame, madre, la canción de cuna con que me meciste. Esa lo hará dormir mejor que otras canciones.
A MI MADRE (Julio Florez) Todavía el dolor ara en su frente; se humedecen sus ojos todavía; sus ojos ¡hay! Donde también el día radió como en las cumbres del Oriente. Huyen las tempestades de mi mente cuando los dedos de su mano fría, se hunden, temblando, en la melena mía y amorosos la erizan blandamente. Ella es el astro de mi noche eterna; su limpia luz en mi interior se expande como el lampo del sol en la caverna. ¡Yo la adoro!... La adoro sin medida, con un amor como ninguno, grande ¡Grande!... ¡a pesar de que me dio la vida¡
MADRE (Juan Lozano y Lozano) Todo lo que hay de triste sobre el mundo en tu espíritu, madre, resumiste, porque no se dijera que lo triste no es, además de místico, fecundo. A tu inmenso mirar meditabundo tal emoción de transparencia diste, como para explicar por qué coexiste lo diáfano, en el mar, con lo profundo. Y hay tal valor en tu actitud sumisa, tal decisión en tu palabra lenta, Y tanta austeridad en tu sonrisa, Porque la humanidad se diera cuenta de por qué se estremece ante la brisa el bambú que resiste a la tormenta.
DE “DESPILFARROS” (Luis Carlos López) Sólo por ti madre mía, Soy bueno, solo por ti Jamás me preguntaría: Pero, ¿Por qué nací?
NODRIZA (Aurelio Arturo) Mi nodriza era negra y como estrellas de plata Le brillaban los ojos húmedos en la sombra: Su saliva melodiosa y sus manos palomas mágicas. ¿O era ella la noche, con su par de lunas moradas? ¿Por qué ya no me arrullas, o noche mía amorosa, en el valle de yerbas tibias de tu regazo? En mi silencio a veces aflora fugitiva una palabra tuya húmeda de tu aliento, Y cantan las primaveras y su fiebre dormida quema mi corazón en ese sólo pétalo. Una noche lejana se llegó hasta mi lecho, una silueta hermosa, esbelta, y en la frente me besó largamente, como tú: ¡o era acaso Una brisa furtiva que desde tus relatos Venía en puntas de pie y entre sedas ardientes! ¿Tú que hiciste a mi lado un trecho de la vía, te acuerdas de ese viento lento, dulce aura, de canciones y rosas en una país de aromas, te acuerdas de esos viajes bordeados de fábulas?
LOLA JATTIN (Raúl Gómez Jattín) Más allá de la noche que titila en la infancia. más allá incluso de mi primer recuerdo está Lola -mi madre- frente a un escaparate empolvándose el rostro y arreglándose el pelo. Tiene ya treinta años de ser hermosa y fuerte y está enamorada de Joaquín Pablo -mi viejo-. No sabe que en su vientre me oculto para cuando necesite su fuerte vida la fuerza de la mía. Más allá de estas lágrimas que corren en mi cara de su dolor inmenso como una puñalada está Lola -la muerta- aún vive vibrante y viva sentada en un balcón mirando los luceros cuando la brisa de la ciénaga le desarregla el pelo y ella se lo vuelve a peinar con algo de pereza y placer concertados. Más allá de este instante que pasó y que no vuelve estoy oculto yo en el fluir de un tiempo que me lleva muy lejos y que ahora presiento. Mas allá de este verso que me mata en secreto está la vez –la muerte- el tiempo inacabable cuando los dos recuerdos: el de mi madre y el mío sean sólo un recuerdo solo: este verso.
ESPOSA Y MADRE (Antonio Gómez Restrepo) Ayer no más jugabas indiscreta con los bellos fantasmas de la vida, y en ilusiones mágicas mecida ibas de flor en flor vagando inquieta. Bella como un ensueño de poeta, ibas de lumbre sideral vestida; en tus ojos la dicha presentida, la pasión de Desdémona y Julieta. Hoy en tu fresca primavera hermosa tienes la noble majestad de esposa y es una cuna el norte de tu anhelo, Y así es mayor tu gracia y donosura, pues de una madre en la mirada pura se transparenta el esplendor del cielo.
MEMORIA DE MI MADRE (Germán Pardo García) Cuando murió mi madre yo tenía la corta edad de un símbolo alfarero. era el rudimental barro primero sin la virtud de su albañilería. Quedó el vaso inconcluso. Esta vacía su cerámica tosca, y lastimero testimonio señala el instantero, ahí en la mesa descarnada y fría. Las gramíneas remuérdanla tan leve cual su corporeidad de harina y nieve,
así mismo la evocan las legumbres. Yo ni siquiera la recuerdo y callo. mas al callar para encontrarla, la hallo con la misma grandeza de las cumbres.
MATERNIDAD (Carlos Castro Saavedra) Si un hijo la abrumaba, no sabía. Al principio pensaba lo que un nido, lo que una voz, sin voz para el gemido, lo que un perfume en trance de agonía. Luego supo que el hijo nacería, porque miró su seno convertido en un tallo de miel, donde el latido del corazón en leche florecía. Más tarde toda se sintió vencida por su propia cintura -mies crecida hacia el cielo redondo de su pecho. Y un día casi azul, de madrugada, se sintió por un niño desgarrada sobre el lirio impasible de su lecho.
HACE MÁS DE MUCHOS SOLES (Juan Manuel Roca) Mi madre abría un libro como dos alas para el vuelo. A orillas de la noche alguien prendía fuego a los candiles. La tarde descendía hasta el patio como si oyera un llamado. Mi madre narraba la leyenda negra del que huye del espejo, caballero del polen cruzando nocturnas tempestades. Si ella cerraba un libro era como si cerrara la casa y sólo entraba al dormitorio la noche, su callada voz llegada de tierras del asombro. Mi madre cerraba el libro como una adormidera, y aún la perplejidad habitaba al niño que fui hace más de muchos soles. Cuando al sonido de cierta voz en los umbrales del libro los caballeros de la tierra daban coces al cielo, el galopero corazón recorría el río de nieve de la cama, la llanura blanca y silenciosa que ascendía a la meseta de la almohada. Mi madre cerraba el libro como si cerrara la puerta de la casa. En la penumbra del cuarto, una redada de sueños me alumbraba.
MADRE (Juan Ramón Jiménez) Te digo al llegar, madre, que tú eres como el mar; que aunque las olas de tus años se cambien y se muden, siempre es igual tu sitio al paso de mi alma. No es preciso medida ni cálculo para el conocimiento de ese cielo de tu alma; el color, hora eterna, la luz de tu poniente, te señalan ¡Oh, madre! entre las olas, conocida y eterna en su mudanza.
LA MADRE (Gabriela Mistral) Vino mi madre a verme; estuvo sentada aquí a mi lado, y por primera vez en nuestra vida, fuimos dos hermanas que hablaron del tremendo trance. Palpó con temblor mi vientre y descubrió mi pecho. y al contacto de sus manos me pareció que se entreabrían con suavidad mis entrañas y que a mi seno subía la honda láctea. Enrojecida, llena de confusión, le hablé de mis dolores y del miedo de mi carne; caí sobre su pecho; ¡Y volví a ser de nuevo una niña pequeña que sollozó en sus brazos del terror de la vida!
A MI MADRE (Rubén Darío) Soñé que me hallaba un día en lo profundo del mar; sobre el coral que allí había y las perlas, relucía una tumba singular. Acérqueme cauteloso a aquel lugar de dolor y leí: “yace en reposo aquel amor no dichoso pero inmenso, santo amor “. La mano en la tumba umbría tuve y perdí la razón. Al despertar yo tenía la mano trémula y fría puesta sobre el corazón.
SALMO FINAL (José Mirlo) Primero, fui aquel sueño que hacía temblar tus curvas de virgen en promesa; después... (tú bien lo sabes) me resumí en tu carne como una primavera. Y como el árbol nuevo que se afianza en la tierra para ser un coloso, yo me afiancé a tu entraña con mis raíces ávidas, y sorbí todo el zumo de tu vientre sonoro. Desde entonces en mis nervios, como antenas de plata, se enjoyaron de claras resonancias marinas...
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